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Colombia y Latinoamérica Ante los Acuerdos de Paz

Análisis
Por René Nariño

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Fortalecer las bases para una alternativa de Vida / En medio de un mundo intencionalmente globalizado por la miseria del mercado(la totalidad),bajo la doctrina liberal, por la muerte de la guerra impuesta consecuencia de la lógica instrumental de occidente(donde prima el interés particular de un puñado de gobiernos y empresarios sobre los de la humanidad) y por la despolitización de la sociedad civil y más allá de ella, del pueblo como tal, los acuerdos de paz de La Habana –Cuba- significan no sólo el uso de la razón argumentativa (el diálogo) sobre el de  la violencia (teoría amigo-enemigo), condición primera para superar el estado de guerra permanente en nuestro país, sino como bien lo índica su hoja de ruta, significa también sentar las bases para la consolidación de una Paz estable y duradera.

Bajo esta lógica argumentativa, apropiándonos de ella ahora y para siempre, es necesario entonces atender aquellas voces y actitudes críticas (aquella serias y con sentido) si bien no de la totalidad de lo acordado, si de algunos de sus contenidos y procedimientos.

Recuerdo que alguna vez en la Escuela Superior de Administración Pública y en medio de una conversación estudiantil, alguien decía que la Asamblea Nacional Constituyente le correspondía a las FARC.

Entender el por qué no la constituyente ahora (la cual sigue siendo una tarea a cumplir por todas y todos) con los acuerdos o el por qué no de ciertos contenidos y procedimientos, implica el dejar abrir nuestros sentimientos y perspectivas a nuevas realidades presentes y futuras que a todas luces no son las mismas de  1917, 1959 o de 1989, tampoco de 2001 en medio de una hegemonía de la cultura occidental norteamericana que se pretendía a si  misma como eternamente dominante, sufriendo  por ello las consecuencias de su arrogancia mesiánica exterminadora de otras culturas.

La emergencia de los nuevos movimientos sociales y populares (los negados) hoy abriendo caminos hacia realidades de unidad solidaria comunal (alternativas al capitalismo y la modernidad) eligiendo sus  representantes ante el mundo (en el ejercicio institucional) llevan a Latinoamérica y el Caribe a la concesión también de nuevas formas de unidad supranacionales como UNASUR y CELAC, debatiéndose hoy su consolidación en medio de nuevos y constantes planes de desestabilización venidos de aquellos mismos que aberran los cambios inevitables de la complejidad de la humanidad y la naturaleza a la cual pertenecemos.

Estos representantes, recogiendo a sus representados y junto a ellos, luchan por hacer de esta parte del planeta una nueva alternativa de esperanza ante la decadencia trágica (como lo es todo cierre de un ciclo) que presenciamos, sufrimos y vivimos desde hace un par de décadas, la del capitalismo.

Pero a su vez la tragedia viene acompañada justamente de esperanzas plasmadas en alternativas que si bien por ser seres finitos no serán tampoco perfectas, sin duda serán con pretensión de justicia, mejores que la muerte que nos ha sido el capitalismo y la modernidad, y que como toda transición, nos tomará unos buenos decenios.

El poder proclamar al territorio de la CELAC como territorio de Paz hace parte de la esperanza y comienza a ser realidad con estos acuerdos de Paz.

Las nuevas realidades colombianas en las cuales están incluidas las realidades de los movimientos insurgentes, dentro de la complejidad sistémica mundial, nos impone recordarle al mundo que nuestra vocación siempre ha sido por una solución dialogada al ciclo de violencia, esta misma realidad mundial lleva a la clase dirigente y económicamente poderosa del país a imponerle que la única solución posible es la que siempre hemos proclamado.

Pero justamente esa solución impone a su vez ciertos limites a las pretensiones que cada parte considera como validas para si mismas o para el interés de las mayorías populares negadas de este país. Para avanzar y consolidar unos acuerdos requiere tener esto siempre presente, sin que ello traduzca perder el horizonte de la realización de nuestras pretensiones por una Colombia justa en igualdad bajo un nuevo modelo económico, político y cultural.

Por ello la hoja de ruta nos habla de el sentar las bases. Sería ingenuo desconocer que la clase la cual está pactando dicho acuerdo y que está en el ejercicio del poder institucional no vaya a intentar fragmentar aún más (racionalidad posmoderna) las reivindicaciones populares, o querer absorber lo consignado en los acuerdos a la lógica del mercado neoliberal con el falaz argumento de ser el camino hacia el desarrollo moderno concebido por occidente.

De igual manera sería ser obtusos en demasía, desconocer que lo contenido en los acuerdos nos brinda la oportunidad de caminar hacia la consolidación de las nuevas  formas de lucha en la producción de alternativas en los campos económicos solidarios, políticos participativos comunales e interculturales, que en un constante diálogo, práctica y tematización, estemos revalorizando y llenándolos de nuevos contenidos de vida desde nuestra realidad históricamente negada, hacia la superación no sólo del capitalismo sino de su fetichizada cultura moderna.

Es cierto que se cometieron errores como el constante reclamo de nuestros pueblos originarios en no tener suficiente participación en la dinámica de los acuerdos. También debemos ser conscientes que somos seres humanos, que ningún acuerdo en la historia ha sido perfecto, pues como tales somos imperfectos, pero sí podemos decir con evidencias que cada acuerdo en la historia ha servido como punto de aprendizaje para los nuevos, así este será punto de partida para futuras resoluciones de conflictos violentos.

De igual manera, ciertamente se debe reconocer que cada uno de los acuerdos se realizó teniendo de nuestra parte la pretensión de justicia e igualdad para las mayorías, de poder abrir las puertas, nuevamente, sentar las bases para la profundización y consolidación de nuevas alternativas de vida.

Pero estas alternativas debemos concebirlas desde la periferia, no desde el pensamiento del centro del poder mundial el cual impone sus narrativas de desarrollo moderno político-económico (servil a sus propios intereses) al resto de la humanidad. Deben ser alternativas que tienen que repensarse constantemente de manera autocrítica, no fetichizada, desde la cosmovisión precisamente de los pueblos originarios aún no subsumidos por la modernidad (el vivamos bien) en diálogo intercultural con las demás concepciones también alternativas de vida (el bien común), estando entonces más allá del pensamiento de la multiculturalidad posmoderna, para que generacionalmente el pueblo colombiano y la humanidad cierre el ciclo del paradigma moderno-capitalista dador de muerte y miseria.

Nadie ha dicho que sea un camino fácil, toda transición hacia nuevos modos de relaciones sociales y comunales son traumáticos, tomar la decisión de alzarse en armas tampoco lo fue, es una decisión que no todas ni todos toman todos los días.

Ahora, sentar unas bases en la formalidad para dejarlas tampoco lo ha sido, de todas y todos está trabajar conjuntamente para materializar lo acordado y consolidarlo, por las y los de ayer, por las y los del mañana y siempre.

René Nariño

Prisionero de Guerra

FARC EP

Columna Domingo Biohó

Penitenciaria La Picota Bogotá

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